Aprendamos a orar

El primer requisito para un profundo sentido de aprender a orar es tener la necesidad de la oración. Si uno siente realmente que tiene necesidad de orar, aprenderá a orar. Y nada podrá impedírselo. En cambio, si uno no tiene ese sentido de la necesidad de la oración, nadie podrá enseñarle a orar.

¿Cómo se desarrolla ese sentido de necesidad? A veces se produce como resultado de las duras experiencias de la vida. A veces, al pensar en aquellos que amamos, en su dependencia de nosotros, y en la su­perficialidad de nuestras propias vidas.

Cada cual debe aprender a orar a su manera. Hay tanta diversidad en cuanto al modo de orar como al modo de llevar una amistad. A menudo uno puede sentirse desalentado por no entender esto.

En la Biblia hallamos, para nuestro estímulo, una gran variedad de experiencias en cuanto a la oración. Leemos que en cierta ocasión Pablo oró sobre sus rodillas, Jeremías oró de pie, David oró sentado. Jesús oró postrado en el huerto de Getsemaní.  Ana oró silenciosamente. Ezequiel oró en voz alta. Algunas personas oraban en el templo. Otras oraron en la ca­ma, o en el campo, o en la montaña, o en el campo de batalla o a la orilla del río. Desde el punto de vista bíblico no hay una manera establecida de orar que sea la única que hay que seguir. Cada cual debe tener libertad de hacerlo a su manera.

En cuanto a la duración de la oración, tampoco hay una práctica uniforme. En general, puede decirse que damos poco tiempo a la oración. Sin embargo no es prudente establecer una norma rígida en cuanto a horas y ocasiones. Cada cual debe aprender a orar a su manera, seguro de que hay muchos senderos que llevan a Dios. Hay sin embargo, algunas prácticas, resultado de la experiencia de muchas personas, que pueden ser compartidas.

 

Algunas indicaciones prácticas

Primero, “apártese con Dios”. Un profesor de Harvard, dijo una vez que la religión es “lo que el individuo hace cuando está a solas”. Esto no es toda la religión, por supuesto, pero es una parte importante de ella. En la oración necesitamos “apartarnos” del clamor de la gente y las cosas a fin de tener un encuentro con Dios. Necesitamos alguna especie de santuario en el cual, por un breve lapso, podamos estar a solas con Dios.

Luego, cuando llega el momento de la oración, debemos “relajar en todo lo posible las tensiones físicas y mentales”. No es tan importante si estamos sentados, parados, arrodillados o acostados, como es que no estemos tensos, y que entremos en una disposición mental que a veces recibe el nombre de “pasividad alerta”. Dios puede llegarse mejor a nosotros cuando aflojamos toda tensión.

Lo que sigue en importancia es una “disposición de receptividad espiritual”. Muchas cosas que hacemos en la vida exigen un esfuerzo agresivo; no así la oración. Lo que se necesita en la oración, es fijar la mente en Dios, con exclusión de nosotros mismos. Colocarnos como el barro en manos del alfarero.

“Esta finalidad sólo puede ser cumplida llenando la mente con palabras de las Escrituras o poesía devocional”. Si tenemos atesorados en la memoria algunos grandes pasajes, acuden en nuestro auxilio en la hora de la oración. Entonces, con nuestros pensamientos y emociones encendidas, estamos prontos para presen­tar nuestras acciones de gracias y confesión, nuestra necesidad y aspiración. Cuando hemos terminado, conviene retirarnos lenta y reverentemente del acto de oración, de comunión con Dios. En experiencias tales como éstas, hay un resplandor ulterior que podemos perder si nos entregamos de lleno demasiado a prisa a las tareas del día.

Está también la cuestión de nuestras disposiciones. Algunos días sentimos disposición para orar, otros días no. Algunos días Dios parece tan cercano a nosotros como nuestro aliento mismo; otros días parece tan remoto como la vía láctea. Recordemos que el simple deseo de orar ya es una forma de la oración y que Dios, sabiendo lo que queremos hacer, honra todo sincero movimiento del espíritu hacia él. Es bueno levantar la vida devocional por encima de la tiranía de las disposiciones pasajeras estableciendo hábitos de oración —hábitos a los que debemos ceñirnos estemos o no en disposición de hacerlo.

 

Algunas dificultades y motivos de desaliento

Evitemos, si podemos, el error de medir el valor de la oración por el halo emocional que puede o no acompañarla. Dios se mueve en nuestras vidas a través de muchos canales además de las emociones. Exponed una planta al sol durante quince minutos y puede que no veáis mucha diferencia en ella. Pero si la exposición continúa regularmente, día tras día, todo el pro­ceso de desarrollo resulta afectado. Orar es exponer­nos a las fuerzas espirituales vitalizadoras de Dios. Lo que sentimos en un determinado momento es sólo una parte muy pequeña del proceso general.

Pero hay otras cosas que molestan. A veces nuestros pensamientos vagan. La mayoría de las personas tienen dificultad en concentrarse mucho tiempo en algo. Y hallan doblemente difícil mantener su pensamiento fijo en Dios. Vivimos en una época de distracción. El ruido continuo de la radio o de la televisión, contribuyen a apartar nuestra atención de la realidad divina.

He aquí algunas sugerencias para vencer nuestras distracciones. Una de ellas es entretejer en nuestra oración esos pensamientos errantes. Puede ser que las cosas que distraen nuestra mente sean cosas sobre las cuales necesitamos orar. Quizá sea más importante introducir esas cosas en nuestra oración, que las peticiones convencionales que generalmente hacemos. Por otro lado, ya que todas las verdades están relacionadas entre sí, podemos utilizar aquello mismo que ha desvirtuado nuestra atención, para volver de nuevo a Dios. En la quietud de la oración, el tictac del reloj puede distraer nuestro pensamiento. Uno puede aprovechar esta circunstancia para recordar que el tiempo pasa pero Dios permanece, y que él es nuestro refugio en todas las generaciones.

Hay otro obstáculo que contribuye a hacer irreal la vida de oración: las malas relaciones con otras personas. Por la misma naturaleza de las cosas, no podemos estar mal con una persona y bien con Dios. A no ser que estemos haciendo todo lo que está a nuestro alcance para mantenernos en relaciones estrictamente cristianas con otras personas, podemos perder de vista a Dios en la niebla de la envidia o el temor o el resentimiento. La conciencia de nuestra propia condición y de las cosas que hemos hecho puede hacernos imposible el orar.

En tal situación, debemos volvernos hacia la cruz de Cristo. La cruz ayuda a disolver nuestra dureza y nos hace recordar que “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn. 3:17). En esta seguridad hallamos más fácil confesar nuestros pecados, perdonar las ofensas de otros contra nosotros, y así hallar una vez más un reconfortante sentido de libertad interior. La niebla se aclara y a la vuelta de un pensamiento nos hallamos junto a Dios.

 

Aprender el lenguaje

 Finalmente, consideremos la cuestión de aprender el lenguaje de la oración. “La oración es el sincero anhelo del alma, expresado o inexpresado”. Dios es el supremo escudriñador de los corazones, y él conoce mejor que nosotros nuestros deseos inexpresados. Como dice el salmista: “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos” (Sal. 139:2). Aun cuando los expresemos a tropezones y toscamente, creemos que Dios los recibe.

Y, sin embargo, tiene valor el que sepamos revestir nuestras oraciones de un lenguaje adecuado. Tanto en la adoración privada como en público tiene valor el que podamos expresar en palabras apropiadas nuestras propias oraciones, en lugar de caer en el gastado recurso de repetir el Padrenuestro como un substituto de la verdadera oración.

¿Cómo podemos aprender el lenguaje de la devoción? Una de las mejores maneras es leyendo la Biblia. El libro de los Salmos es riquísimo en contenido y expresión. Saturad vuestra mente del majestuoso len­guaje de los Salmos. Saturadla también del lenguaje de algunos de los grandes himnos de la Iglesia. Leed, leed y meditad las clásicas expresiones devocionales de otros. Al mismo tiempo, practicad diariamente el arte de formular oraciones con vuestras propias palabras.

 

 

Christian Casanova del Solar

 

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