¿Muerte de Dios?

Bien dijo el filósofo alemán Friedrich Nietzsche: “el desierto crece”. Sí, donde miramos, podemos ver cristianos como el desierto de Atacama, el más seco del mundo, pero también en medio de él se dan pequeños huertos de vida abundante.

En el famoso pasaje del libro La Gaya ciencia, donde Nietzsche presenta la idea de la “muerte de Dios”, aparece un loco buscando a Dios en plena plaza pública ante la mofa de los circundantes, a los que termina gritando: “¿Dónde está Dios?, os lo voy a decir. Le hemos matado; ¡vosotros y yo! Todos nosotros somos sus asesinos”.

Sería bueno para nosotros valorar estas palabras, si aún nos queda algo del coraje de la fe. Sí, somos nosotros los cristianos —laicos, pastores, teólogos y sacerdotes—, los asesinos de Dios, los que hemos dejado que el desierto crezca y que la tierra fértil se transforme en tierra árida. Dios se ha retirado de nuestra cultura y de los corazones de los hombres, porque no encuentra “buena tierra” donde poner semillas de su Palabra. Somos todos nosotros los “creyentes” y no los ateos, los que hemos dado muerte a Dios en nuestra cultura, ya que la mayoría del cristiano típico de hoy, es como un camino seco o como un pedregal; que aunque se goza al oír la palabra, el gozo no tiene raíz profunda en el reino de Dios y es de corta duración. Muchos de los grandes esfuerzos religiosos de hoy, son más producto del mercadeo que de la fe viva, son una especie de constatación de la “muerte de Dios” en nuestra civilización.

Aunque el desierto del nihilismo crece, nos queda aún la promesa del Dios verdadero que dice: “Haré brotar ríos en las áridas cumbres, y manantiales entre los valles. Transformaré el desierto en estanques de agua, y el sequedal en manantiales. Plantaré en el desierto cedros, acacias, mirtos y olivos; en áridas tierras plantaré cipreses, junto con pinos y abetos, para que la gente vea y sepa, y considere y entienda, que la mano del Señor ha hecho esto…” (Is 41:18-20; N.V.I.).

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