Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino. Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:1-6).

El apóstol Pedro en su defensa de Jesucristo ante el concilio judío dijo: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12).
En varias ocasiones el Señor había estado diciéndoles a sus discípulos que él se iba; sin embargo, ellos nunca lo habían comprendido. Él les decía que debía regresar al Padre; mas ellos seguían sin entenderlo; mucho menos podían lograr comprender el camino al que se refería, ya que Jesús les hablaba de la cruz, y esto era dificultoso de entender por personas que estaban pensando en un reino terrenal y en un Mesías conquistador que expulsaría de su país a los dominadores romanos.
Finalmente, uno de los discípulos llamado Tomás, siendo sincero y aspirando a conocer la verdad, se aproximó a Jesús y le expuso sus dudas, provocando en el divino Maestro una asombrosa respuesta que contenía, según afirma Martín Lutero, “las mejores y más consoladoras palabras que nunca brotaron de los labios de Jesús: ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre, sino por mí’”.
James Moffatt, quien fue profesor de exégesis de griego y Nuevo Testamento en la Universidad de Mansfield en Oxford, Inglaterra, y autor de la bien conocida Moffatt Bible (Biblia Moffatt), tradujo la frase como: “Yo soy el camino vivo y verdadero”. Y sería una expresión acertada entre los judíos, según enseñan los eruditos, ya que en hebreo cuando tres sustantivos van unidos, los dos últimos hacen las veces de adjetivos y califican al primero.
De ambas formas, el significado es muy hermoso: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”, o “Yo soy el camino vivo y verdadero”. Por grande que nos parezca a nosotros esta aseveración, debió ser mucho más profunda y osada para los oídos de un judío piadoso como lo era Tomás. En esta frase, Jesús juntó las tres grandes nociones fundamentales de la religión hebrea y se los apropió para sí mismo.

Yo soy el Camino

“Yo soy el Camino”, declaró Jesús. Los judíos hablaban mucho del “camino” de Dios, por el cual los hombres tenían que andar. El propio Dios declaró a Moisés: “No se desvíen ni a la derecha ni a la izquierda. Sigan por el camino que el Señor su Dios les ha trazado, para que vivan, prosperen y disfruten de larga vida en la tierra que van a poseer” (Dt. 5:32,33).
Tristemente Moisés dijo a su pueblo antes de morir: “Porque sé que después de mi muerte se pervertirán y se apartarán del camino que les he mostrado” (Dt. 31:29).
El profeta Isaías, hablando de la promesa de la gracia de Dios a Israel, había profetizado: “Tus oídos percibirán a tus espaldas una voz que te dirá: Este es el camino; síguelo” (Is. 30:21). Y soñando en el futuro glorioso de Sion, el mismo profeta revela que “habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará” (Is. 35:8). Por ello expresaba el salmista: Enséñame, oh Dios, tu camino (Sal. 27:11).
Los hebreos sabían muy bien la obligación que los hombres tienen de andar en el camino de Dios. Los rabinos enseñaban que el camino de Dios se basaba en el cumplimiento de la ley. Ahora, el Señor Jesús exclama: “Yo soy el camino”.
¡Qué gran asombro el de Tomás! No obstante, Tomás aprendió más tarde que Jesús de Nazaret era el único y verdadero camino; que Jesús era un camino vivo, por mucho que los hombres le dieron muerte, y de sus labios brotaron las bellas palabras que encierran la confesión humana más admirable recordada en los Evangelios: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn. 20:28).
Jesús dijo: “Yo soy el camino”, y lo dijo en verdad. Cristo no se circunscribió a hablarnos de un camino que conduce a la paz; de un camino que entrega libertad; de un camino que promete salvación; de un camino que ofrece vida eterna, como han hecho otros maestros a través de la historia. Filón de Alejandría describía la filosofía diciendo que era el camino verdadero. En las Analectas, Confucio dijo: “Conságrate al Tao” (VII, 6), él llamaba a sus enseñanzas “Tao”, que significa “camino”. Buda hablaba en sus enseñanzas del “camino antiguo”.
Jesús nunca dijo “yo os enseñaré el camino”; ni siquiera dijo: “Yo os abriré el camino”, o “yo iré delante de ustedes en el camino”, sino que declaró: “Yo soy el camino”. Cristo se presentó a sí mismo como el camino imprescindible y único para poder conseguir un conocimiento claro y perfecto de Dios, manifestándonos en su propia vida y ministerio los atributos de Dios. Por eso le dijo a Felipe, “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9).
Cristo es el camino necesario a seguir para conseguir el “favor” de Dios. Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza; sin embargo, el hombre se rebeló contra su Creador y pecó. Dios estableció un pacto con el hombre en el monte Sinaí; sin embargo, el hombre violó aquel pacto y volvió a apartarse de Dios. Dios, que odia el pecado pero que ama al pecador, estableció el ritual y los sacrificios de la ley para que el hombre pudiera continuar gozando de sus bendiciones; no obstante el hombre ni guardó la ley, ni fueron suficientes los rituales y los sacrificios para restituir la armonía entre él y Dios. No hubo más que un medio para restaurar el compañerismo entre el hombre y su Creador: la muerte de Cristo. Así lo dice el Evangelio según san Juan: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).
Amigo, si queremos ser conducidos a la presencia de Dios, debes saber que Cristo es el único camino. Cuando el corazón de un ser humano deja entrar a Cristo, este lo transforma, lo limpia de su pecado, lo convierte en hijo de Dios, lo hace experimentar la gracia de la adopción divina y lo convierte en heredero juntamente con él. Cristo subió a la morada del Padre, pero allí, en aquel lugar, está preparando moradas para sus seguidores.
El lugar de nuestro destino dependerá del camino que emprendamos. Quienes quieran estar un día con Cristo en la dimensión celestial, es preciso que comiencen un día estando con Cristo aquí en la Tierra. Cristo es el único camino que conecta este mundo con el venidero. No seguir ese camino es perderse irremediablemente en otros caminos que no llevan a la vida eterna. Recuerde que “hay caminos que al hombre le parecen rectos, pero que acaban por ser caminos de muerte” (Pr. 16:25).
¡Qué pena que hombres que caminan eruditamente por este mundo, que son diligentes para negociar en las labores cotidianas, que se desenvuelven bien por el camino de la actividad intelectual, sean cobardes, torpes y descuidados a la hora de elegir el camino espiritual de la salvación, que es Cristo Jesús! ¿Cuál es el motivo? El motivo es muy sencillo: que el reconocer a Cristo como el Camino, con mayúscula, implica el deber de abandonar nuestros propios caminos (Is. 55:7,8). Cristo demanda de sus seguidores autonegación y humildad. Cristo requiere de sus seguidores sacrificio y perseverancia; “el que quiera venir en pos de mí”, dice Jesús, “niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Amigo, hay que ser valiente y decidido para seguir a Cristo; no cobarde ni comodón.
Para llegar al conocimiento de Dios, el único camino es Jesucristo. Solamente por él podemos experimentar que Dios es un Dios de amor. Cristo es el único camino para conseguir el  favor  de  Dios:  únicamente  por  medio  de  su  sacrificio  se quitan los obstáculos que entorpecen nuestra comunión con él. Jesucristo es el único camino para llegar a Dios: no solo nos guía y orienta con sus enseñanzas y advertencias, sino que nos toma de la mano y nos conduce paso a paso; no solamente nos enseña el camino, sino que él es el camino.

Yo soy la Verdad

El Señor Jesús afirmó: “Yo soy la Verdad”. También estas palabras debieron dejar asombrados a los judíos que las oyeron. “Encamíname en tu verdad, y enséñame”, clamaba el salmista (Sal. 25:5). En otra parte declara: “Porque tu misericordia está delante de mis ojos, yo ando en tu verdad” (Sal. 26:3). Y además dice: “Escogí el camino de la verdad” (Sal. 119:30).
A través de la historia han aparecido muchos maestros tratando de enseñar la verdad. Buda, Confucio y Lao Tsé en el Oriente. Sócrates, Platón y Aristóteles en la antigua Grecia. Séneca, Ovidio y Cicerón en Roma. Con posterioridad, centenares y miles de profesores y moralistas han hablado y escrito mucho respecto de la verdad. Pero nunca hubo nadie que tuviera el valor y la entereza de decir que él era la verdad, excepto Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado de Dios.
El carácter moral de una persona que enseña física o biología no afecta demasiado a su enseñanza. El que un profesor de matemáticas o astronomía sea un individuo de conducta inapropiada, no es un obstáculo para que sus enseñanzas sean bien recibidas por sus alumnos. Sin embargo, el problema cambia cuando el profesor debe enseñar ética o moral. Poco éxito tendrá el avaro que pretenda enseñar a ser generoso; el déspota que quiera exaltar la virtud de la humildad; o el mentiroso que quiera enaltecer la belleza de la sinceridad.
La verdad moral no consiste solamente en palabras, sino que debe estar en armonía con la conducta personal. Sin embargo, hubo una persona que jamás mintió; que siempre fue adelante con el ejemplo; que no solamente enseñó la verdad, pero pudo decir lo que nadie dijo: “Yo soy la Verdad”. Conocerle a él es la gran sabiduría universal. Sin tal conocimiento somos unos ignorantes, aunque pretendamos saber mucho. Conociéndole a él se espantan las dudas de nuestra mente, nuestros sentidos se abren a la verdad de las cosas del mundo, y reconocemos su auténtico valor. El conocer las leyes y principios del universo no tiene ningún valor, si desconocemos al Autor de ese universo.
La ciencia humana solamente alcanza auténtico valor cuando se conoce la ciencia divina. El erudito que muere sin conocer a Cristo es un gran ignorante, mientras que el ignorante que muere habiendo conocido a Cristo, es un gran sabio. Acuden a mi memoria los versillos del gran poeta español Diego José de Cádiz:

La ciencia calificada
es que el hombre en gracia acabe;
porque al fin de la jornada, aquél que se salva sabe,
y el que no, no sabe nada”.

Yo soy la Vida

La tercera de las grandes afirmaciones que hizo el Señor fue: “Yo soy la Vida”. Sin ninguna duda, esta es la más significativa y vital de las tres afirmaciones. Un camino puede ser verdadero y seguro; pero tan largo, que nos desanimemos antes de llegar al fin. Para que el camino sea conveniente tiene que llevarnos a un destino. Una verdad puede ser cierta y bella, pero tan enredada en su presentación, que puede que nos perdamos sin sacar sus consecuencias. Para que la verdad tenga algún valor, tiene que conducirnos a conclusiones concretas. Lo que cada hombre aspira al comenzar un camino, o al descubrir una verdad, es que le sean ventajosas para la vida.
Jesús, quien dijo: “Yo soy el camino”; y quien, además, dijo: “Yo soy la verdad”, también dijo: “Yo soy la vida”. Vivir es lo que todos anhelamos con intensidad. Por vivir trabajamos; por vivir nos afanamos; y, en algunas ocasiones, por vivir, nos matamos los unos a los otros.
Sin embargo, no es suficiente con vivir. Hay que vivir una vida que merezca la pena ser vivida: una vida de satisfacción, de paz, de felicidad. Y esa es, exactamente, la clase de vida que posee nuestro Señor Jesucristo, y es la clase de vida que él nos ofrece. Jesús nos promete, aquí y ahora, y en él mismo, la experimentación de su paz (que no es como la que el mundo da).
En el principio se nos dice que Jesús, el Verbo de Dios, estaba en la creación del mundo y él es el autor de toda la vida física. En el prólogo del Evangelio según san Juan, leemos: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn. 1:3,4).
Además se nos dice que él es el autor de la vida eterna, y que fue enviado por Dios al mundo para concedernos esta clase de vida: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, leemos en Juan 3:16. El mismo apóstol ratifica esta verdad en 1a  Juan 5:11,12, al atestiguar: “Este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida”.
La palabra para eterna es aiônios. Quiere decir mucho más que simplemente que no se acaba nunca. Una vida que durara para siempre, que no tuviera fin, llena de problemas, de angustias y frustraciones como la de la mayoría de las personas, sería estar más cerca del infierno que del cielo, podría considerarse una maldición y no una bendición, una carga intolerable y no un regalo maravilloso. Eterno no significa necesariamente que algo no tenga principio ni fin. Eso es un concepto filosófico que los hombres han dado a esa palabra. Eterno se usa en oposición a lo temporal, significando lo divino en contraste con lo humano. Hay solo uno a quien se puede aplicar adecuadamente aiônios, y es Dios. En el verdadero sentido de la palabra, Dios es el único que posee y habita la eternidad. La vida eterna no es otra cosa que la vida de Dios mismo. Vida eterna es la clase de vida que Dios tiene: una vida de paz, de felicidad y de satisfacción. Lo que se nos promete es que aquí y ahora se nos puede conceder participar de la misma vida de Dios.
Si en nosotros habita el Espíritu de Cristo, entonces podremos carecer de bienes, de honores, de fama, de poder y de un sin fin de otras cosas; sin embargo, andaremos seguros por la vida, marchando por un camino que no falla; poseyendo una verdad que no engaña; viviendo una vida que no decepciona y que es el principio de la vida eterna.
El gran teólogo y filósofo del siglo XIII, Tomás de Aquino, comentando estas hermosas palabras de Jesús, aseveró: “Sin el Camino, ningún viaje puede emprenderse; sin la Verdad, ninguna enseñanza puede aceptarse; sin la Vida, ninguna existencia puede mantenerse”. “Yo soy el camino (que debe seguirse)”, dijo Cristo. “Yo soy la verdad (que debe creerse). Yo soy la vida (que debe anhelarse)”.
Y, en este mismo sentido, el gran filósofo y teólogo holandés Erasmo de Rotterdam, amigo y admirador de Lutero, aludiendo a las palabras de Jesús, “Camino, Verdad y Vida”, que forman el lema de la Universidad de Glasgow, Escocia, compuso esta oración que podemos apropiárnosla: “Oh, Señor Jesucristo, Tú que eres el camino, la verdad y la vida, no permitas que nos apartemos de ti, que eres el camino; ni que desconfiemos de ti, que eres la verdad; ni que pongamos nuestro corazón en nada fuera de ti, que eres la vida. Enséñanos, mediante tu Santo Espíritu, cómo andar, qué creer y en qué satisfacer nuestro corazón”.

Nadie viene al Padre, sino por mí

El Maestro, que hizo declaraciones tan significativas al identificarse como el Camino, la Verdad y la Vida, concluyó, con otra declaración no menos trascendental, al agregar: “Nadie viene al padre, sino por mí”. ¡Qué declaración tan absoluta! Nadie puede ir al Padre por otro camino. Nadie puede conocer al Padre, por medio de otra doctrina. Nadie puede alcanzar la vida eterna y el perdón de sus pecados, excepto a través de Jesucristo.
Existe un gran abismo que nos separa entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Es necesario cruzar ese abismo a través del único puente establecido por Dios para ello. Jesucristo es nuestro puente, ya que él es nuestro único pontífice. Esta palabra está formada por las palabras pons, “puente” más facere, “hacer”, con un significado real de “constructor de puentes”. Esto podría significar para los romanos “constructor de puentes entre los dioses y los hombres”. Cristo Jesús es el puente que nos permite llegar hasta el otro lado, donde se encuentra Dios, que es nuestro Padre, que está esperando que vayamos a él, como en la Parábola del hijo pródigo, el padre esperaba al hijo arrepentido para abrazarle. El que quiera llegar a los brazos del Padre celestial, necesita hacerlo a través de Cristo Jesús, que está haciendo de puente.
Amigo mío, la religión tradicional no puede salvarte, tus buenas obras no te pueden llevar al cielo. Tus muchos rezos no pueden justificarte. Los siete sacramentos de la Iglesia de Roma no pueden purificarte. El invocar nombres de santos, de nada puede servirte. Como hemos leído en un principio, fue el propio apóstol Pedro, quien, inspirado por el Espíritu Santo, afirmó: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12).
Si quieres tener seguridad verdadera en tu vida, acude a Jesucristo que es el Camino. Si quieres alcanzar el gran conocimiento universal y saber lo cierto, acude a Jesucristo que es la Verdad. Si quieres habitar la eternidad, acude a Jesucristo que es la Vida. Solo por él y a través de él podrás tener la seguridad de tu salvación. Él te invita a acudir a él, sin hacer caso de tus pecados. Precisamente porque sabe que tienes cargas pesadas y manchas que no puedes borrar en tu corazón, te invita a venir a él para otorgarte el descanso que necesitas. “Venid a mí ––dice Jesús–– todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).
Amigo, ¿quisieras tener ese descanso que él te ofrece? El cansancio físico se alivia con una buena cama o catre. Pero el cansancio espiritual se alivia solamente estando en Jesús. La culpa es una carga que solo Dios puede retirar. No podemos silenciarla. Las drogas, el alcohol o cualquier otra droga no pueden sofocar la culpa. La culpa permanece. Acuérdate de Judas Iscariote, él no resistió la culpa y se suicidó. La culpa era tan grande y tan molesta para Judas que decidió salir por la puerta falsa. Si tú eres de esas personas que están pensando en puertas falsas, Jesús te dice que él es la única puerta verdadera de salida: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Los entendidos nos dicen que hay varias señales de culpabilidad. Algunas son físicas como: presión en el pecho, dolor de estómago, de cabeza, de espalda. Otras son emocionales como: nerviosismo, desasosiego. Y otras son mentales como: pensamientos de autoacusación y autorreproches. ¿Qué puedes hacer cuando estás sintiendo esta culpa? Hacer la pregunta más importante que uno puede hacer: ¿qué hago? ¿A quién iré? Y la respuesta va a ser la misma: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Deposita en él tu fe y confianza. Acéptale como tu Señor y Salvador. Ábrele la puerta de tu corazón e invítale a entrar en él. El Santo Espíritu quiere morar en ti. Has tuyo, por medio de un acto de fe, el sacrificio que él realizó en la cruz del calvario. Reconócete pecador y culpable ante los ojos de Dios, y cree que Jesús vino al mundo para salvarte de tus pecados y sanar tu quebrantado corazón. Si lo haces, habrás hallado en él el camino que tienes que seguir, la verdad que tienes que creer y la vida que tienes que recibir. Que así sea.

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Ingeniero civil, filósofo, teólogo y pastor protestante.
Líder fundador de las Iglesias del Espíritu Santo en el Cono Sur.

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