La Caña Cascada

Queridos amigos y amigas, en el Evangelio según Mateo, capítulo 12: versículos 9 al 20, dice que Jesús entró un día en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano seca. Entonces los hombres que estaban en la sinagoga —con el propósito de acusar a Jesús de violador de la ley— le preguntaron si era lícito sanar a los enfermos en día de reposo. Y Jesús les respondió: “¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si esta cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche mano, y la levante? Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja?”. En ese momento el Señor, dirigiéndose al hombre que tenía la mano seca, le dijo: “Extiende tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada sana como la otra”. Y al salir, los fariseos, consultaron entre sí contra Jesús para matarle. Mas él, entendiéndolo, se retiró de allí; “y le siguió mucha gente, y los sanaba a todos, y les encargaba rigurosamente que no le descubriesen; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: He aquí mi siervo, al quien he escogido; mi Amado, en quien se agrada mi alma; pondré mi Espíritu sobre él, y a los gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará, ni nadie oirá en las calles su voz. La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará, hasta que saque a victoria el juicio”.
Del fragmento mencionado tomamos por texto las palabras del versículo 20, que dice: “La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará, hasta que saque a victoria el juicio”. La Nueva Versión Internacional nos arroja un poco más de luz: “No acabará de romper la caña quebrada ni apagarála mecha que apenas arde, hasta que haga triunfar la justicia”. ¿Qué interpretación debemos dar a las palabras de nuestro texto? Desde que leímos, por primera vez, el Evangelio de Mateo, tomamos la expresión, “la caña cascada”, como un símbolo de la aparente fragilidad de Cristo. Pero últimamente, al hacer un detenido análisis del fragmento citado, descubrimos que tal vez tengan otro significado las palabras “la caña cascada”.
El Diccionario Bíblico de W. W. Rand nos dice que la “caña cascada” es una representación simbólica del alma abatida y dispuesta a sumergirse en la desesperación, bajo un sentimiento de culpabilidad y de perdición. El Señor con su misericordia sostendrá y fortalecerá semejante alma. Y John Charles Ryle se pregunta: ¿qué quieren decir “la caña cascada y el pábilo que humea”? Estas expresiones son, sin duda, figuradas. La explicación más simple, en nuestro concepto —sigue diciendo Ryle—, es que el Espíritu Santo describió por boca del profeta Isaías a aquellos cuya gracia es frágil, cuyo arrepentimiento es titubeante, y cuya fe es pequeña. Hacia tales personas nuestro Señor Jesucristo será muy tierno y compasivo. Por frágil que sea la caña cascada, no será quebrada, por pequeña que sea la chispa en el pábilo que humea, no será apagada. Si la interpretación de Ryle y el Diccionario Bíblico es correcta, entonces “la caña cascada”, simboliza la fragilidad del hombre y la mansedumbre de Cristo para soportarlo.
Sin negar que la interpretación que dejamos expuesta sea correcta, nosotros tomaremos las palabras del versículo que nos sirve de texto, en otro sentido: primeramente, compararemos a Jesucristo con una “caña cascada” a la que los hombres tratan de quebrar sin conseguir su intento. Y segundamente, compararemos la Iglesia del Señor —el conjunto de los verdaderos hijos de Dios— a un pábilo que humea, al que los hombres tratan de apagar, fracasando en su intento.
I. En primer término veamos la frase: “La caña cascada no quebrará”. La expresión “caña cascada” es simbólica y significa fragilidad. Comúnmente una caña cascada es una caña seca y astillada por un lado. El texto que hemos leído dice que por haber Jesús restituido la mano a un paralítico, los fariseos tomaron el acuerdo de matarle (“Se confabularon contra él para eliminarle”. Biblia de Jerusalén); y el Señor, al percatarse de los propósitos de sus adversarios, se distanció de allí; y a los que le siguieron les encargó rigurosamente que no le descubriesen; que se callasen. ¿Qué pensarían los discípulos al ver que aquel a quien ellos seguían como el futuro Rey de Israel, huía, como si tuviese miedo, de la presencia de los que procuraban eliminarle? ¿Tal modo de comportarse no significaba temor, flaqueza, y debilidad? Jesús no se iba de la presencia de sus adversarios por temor, sino por prudencia. El profeta Isaías —refiriéndose al Mesías— había dicho: “No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia” (Is. 42:2-3). Y san Mateo vio en la actitud de Cristo —apartándose de sus adversarios y tratando de pasar inadvertido— el cumplimiento de las citadas palabras de Isaías. Mateo presenta la aparente flaqueza y debilidad mostrada por Jesús ante sus adversarios como una evidencia de que él es el Mesías anunciado por los profetas. Y pese a que el Mesías se muestre débil y frágil como una “caña cascada”, sus enemigos no le podrán quebrantar, pero él sí quebrantará a sus adversarios y sacará a victoria la justicia y el juicio.
En Lucas 1:26-38 vemos al ángel Gabriel anunciando el nacimiento de Cristo, diciendo que sería grande, y que el Señor Dios le daría el trono de David su padre. “Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin”. Los magos vinieron del Oriente preguntando por el Rey de los judíos que había nacido. Y Poncio Pilato le crucificó bajo la acusación de que era el Rey de los judíos. A pesar de eso, por su actitud ante sus enemigos, Jesús se podría comparar a una “caña cascada”. En primer lugar, desde el punto de vista humano no era fuerte por su nacimiento: hijo de una piadosa pero sencilla mujer de la tribu de Judá, tuvo que nacer en un establo; y la pobreza de su madre María se reflejaba en el hecho de que sus recursos no le permitieron comprar un cordero para redimirle, en su condición de primogénito, como estaba ordenado en la ley del Señor; y de esta manera vemos que el Rey de los judíos fue redimido como los pobres de la tierra, con dos tórtolas, o dos pichones de paloma. En segundo lugar, Jesús no era fuerte por su condición social; había pasado su juventud en una pequeña aldea al interior de Galilea, acerca de la cual se dijo —en tono despectivo— “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn. 1:46), y en realidad nada señalaba en la Biblia que de Nazaret habría de venir un profeta, un sacerdote o un líder de Israel. En tercer lugar, Jesús no era fuerte desde el punto de vista cultural; no había recibido la educación de un príncipe ni siquiera la de un rabino, todo muestra que había pasado su juventud ganándose el pan con el sudor de su frente, como cualquier pobre de la tierra; no se podía presentar ante la nación ostentando títulos que le hiciesen respetable ante los ojos de sus compatriotas. En cuarto lugar, Jesús no era fuerte por los métodos que escogió para llevar a cabo el plan que se había propuesto. En vez de buscar la ayuda de los grandes de la tierra, se rodeó de un grupo de sencillos y humildes pescadores. En vez de presentar batalla a sus enemigos, huyó frecuentemente de la presencia de ellos, no por miedo —que nunca lo tuvo—, sino porque siendo dueño y señor de sus actos, siempre se comportó con la sabiduría, prudencia y discreción que convenía a su plan redentor.
A primera vista, Jesús se presentó ante los ojos de los hombres con la fragilidad propia de una “caña cascada”. Posteriormente a su nacimiento, su familia tuvo que huir a Egipto, porque el desalmado de Herodes se dispuso a quitarle la vida. En varias ocasiones, durante su ministerio, unas veces los fariseos y otras las mismas autoridades de la nación, tomaron medidas para quebrantarle. Y finalmente le prendieron, le juzgaron, le condenaron a muerte, y le entregaron a Poncio Pilato, gobernador romano, para que le crucificase. Sin embargo, ni con los azotes ni con la muerte consiguieron los enemigos del Señor sus propósitos. Cristo se levantó de la tumba. “La caña cascada era más fuerte que los hombres, más fuerte que la muerte, más fuerte que las huestes del infierno”. Murieron aquellos malvados adversarios de Jesús de Nazaret; murieron los Herodes; murieron los Anás y Caifás; murieron los Poncio Pilato; pero Jesucristo vive; sí, vive, alienta y sostiene la obra redentora que él fundó y selló con su propia sangre. ¡Aleluya!
A través de la historia, los hijos de Herodes el rey, de Caifás el sacerdote, de Judas el traidor, y de Pilato el gobernador, han perseverado en el propósito de sus padres, tratando de quebrantar la caña cascada; no obstante los enemigos de Cristo, descienden, unos tras otros, al infierno; las armas que elaboran contra el Hijo de Dios se consumen con el tiempo; y entretanto, Jesucristo sigue adelante, con la mano puesta en el timón de la nave de sus propósitos, porque la caña cascada no quebrará, hasta que saque a victoria el juicio, hasta que triunfe de manera total, absoluta y definitiva sobre las fuerzas de las tinieblas; hasta derrotar de la faz de la tierra al último de sus enemigos, y haber guiado a sus redimidos al reino de la vida eterna, de la felicidad perfecta, y de la gloria sin fin. La caña cascada no quebrará jamás, y todo aquel que intente quebrarla, perecerá en su empeño, si no se arrepiente a tiempo.
Uno de los grandes opositores de Cristo fue el Emperador romano llamado Juliano el Apóstata (Juliano II, 361-363 d.C.), quien se había propuesto acabar con el cristianismo. Juliano, en su odio a Cristo, decretó que fuese reedificado el Templo de Jerusalén, con el propósito de ridiculizar la profecía de Jesús, cuando predijo la destrucción del Templo, afirmando que: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida” (Lc. 21:5-6; com. Mt. 24:2; Mr. 13:2). Sin embargo, Juliano no pudo ejecutar sus propósitos, entre otras cosas, porque a los dos años de haber subido al trono, en una guerra contra los Persas, fue quebrantado por una lanza que el enemigo le clavó en el cuerpo. La historia dice que Juliano se quitó con violencia la lanza, lanzó al cielo, con la mano, la sangre que brotaba de su herida, y murió pronunciando estas palabras que se hicieron proverbiales: “¡Venciste, Galileo!”.
“La caña cascada no quebrará”, y todo aquel que intente quebrarla, al fin, en el momento de su dolor y desesperación, tendrá que exclamar como Juliano: ¡Venciste al fin, Galileo!
II. Hemos equiparado a Cristo con una caña cascada; caña que los hombres descreídos e irreverentes han intentado quebrar sin conseguir sus propósitos, porque “la caña cascada no quebrará”. Y, en segundo término, compararemos la Iglesia con un “pábilo que humea”; pábilo que los hombres no pueden apagar.
Al comparar la Iglesia con un pábilo que humea, no nos referimos a una iglesia específica, sino al conjunto de los redimidos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida en el cielo.
¿Qué es un pábilo que humea? En el sentido bíblico, el pábilo es la mecha de una lámpara de aceite. Conforme el aceite mengua en la lámpara, disminuye el volumen de luz producido por la mecha, y llega un instante en que la mecha no produce luz, por falta de aceite; sin embargo, al dejar de producir llama, la mecha comienza a quemarse, y al quemarse emite humo, lo que nos señala que “aún permanece encendida”. El propósito del pábilo es producir luz, pero cuando escasea el combustible, o cuando este no llega a la mecha, entonces no produce nada más que humo; pero mientras produzca humo da señales de vida; el humo muestra que hay fuego en el pábilo.
Cuando comparamos la Iglesia a un pábilo que humea, no queremos decir que la Iglesia no haya cumplido su función de iluminar, señalando a los que viven en las tinieblas del error, el camino de la salvación y de la vida eterna. Lo que queremos dar a entender por esto es que a pesar de que a veces el testimonio de los hijos de Dios en medio de un mundo de tinieblas parece haberse reducido a una débil columna de humo, a pesar de tal debilidad, las poderosas fuerzas del mal no han podido apagar el fuego que produce ese humo.
La historia nos muestra que, a veces, el testimonio de los creyentes fue como un fuego poderoso cuyas llamas alejaron las tinieblas y reblandecieron los corazones más endurecidos; no obstante otras veces las señales del fuego divino en el alma y el corazón de sus hijos parecen haberse reducido a un poco de humo.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, se nos dice que cuando llegó el día de la fiesta de Pentecostés, los seguidores de Jesús estaban reunidos en un mismo lugar y, de repente, oyeron un ruido muy fuerte que venía del cielo, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados. Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Aquellas lenguas como de fuego eran el signo exterior del fuego del Espíritu Santo que Dios había encendido en el corazón de los discípulos. Inflamado por aquel fuego, el apóstol Pedro predicó un sermón, y tres mil personas aceptaron a Cristo como su Señor y Salvador (Hch. 2:41). Poco después, Pedro volvió a predicar en el pórtico de Salomón (Hch. 4:4), donde cinco mil personas se convirtieron al cristianismo gracias a que el Espíritu Santo había descendido sobre él, dándole autoridad al hablar sin ser él un hombre de letras u orador profesional. La luz de la verdad resplandecía de tal manera, que el número de los discípulos se multiplicaba mucho, y hasta los mismos sacerdotes judíos, en gran número, se convertían al Evangelio de Cristo (Hch. 6:7). Pero aquella luz molestó tanto al rey de las tinieblas y a sus hijos, que los enemigos del Evangelio, crujiendo los dientes por la ira que les dominaba, acometieron contra el diácono Esteban, y después de darle muerte, desencadenaron una persecución contra la iglesia de Jerusalén, y todos los cristianos —salvo los apóstoles— fueron esparcidos por las tierras de Judea, Samaria, Fenicia, Antioquía de Siria y Chipre.
El rey de las tinieblas o el “príncipe de la potestad del aire”, como lo llama el apóstol Pablo (Ef. 2:2), movilizó a sus huestes para que apagasen la luz que irradiaba la lámpara del testimonio de la Iglesia del Señor en Jerusalén; pero aquella persecución dio por resultado que la luz que alumbraba en Jerusalén se extendiera por toda Judea, Samaria, Fenicia, Siria y Chipre. En aquel tiempo podía decirse de cada creyente, lo que se dijo de Juan el Bautista, que era una antorcha que ardía y alumbraba.
La luminosidad de la lámpara cristiana llegó a ser tan manifiesta, que por espacio de cerca de trescientos años, los emperadores romanos desencadenaron diez grandes persecuciones contra los cristianos con el fin de apagar la luz de la verdad que brillaba en todos los confines de su extendido imperio; pero ni la horca, ni el cuchillo, ni las llamas, ni las fieras del circo pudieron apagar aquel pábilo que ardía y alumbraba en los campos, villas y ciudades del imperio de los Césares.
Estas diez grandes persecuciones, denominadas generalmente con el nombre de los emperadores que las decretaron: las de Nerón, Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Decio, Valeriano, Aureliano y Diocleciano, se propusieron apagar la lámpara de la verdad que alumbraba en sus dominios; y la historia afirma que Diocleciano llegó a ordenar que se acuñase una medalla para rememorar la fecha en que la luz del cristianismo sería finalmente extinguida. Sin embargo, Diocleciano, Aureliano, Valeriano, Decio, Septimio Severo, Marco Aurelio, Trajano, Domiciano y Nerón, todos estos descendieron uno a uno a las eternas tinieblas del infierno, mientras tanto la lámpara del cristianismo continuaba alumbrando e indicando a los hombres el puerto de la salvación, la fuente de la vida eterna y la ciudad de la gloria.
Parece que trescientos años de persecución convencieron al rey de las tinieblas que los cristianos eran invencibles en aquel terreno; entonces Satanás cambió de estrategia, y con la subida al  trono  de  Constantino  el  Grande,  proclamado  César  en  el 306 d.C., los cristianos dejaron de ser perseguidos, y el cristianismo —para su mal— vino a ser la religión del Estado (313 d.C.).
Al acabar la persecución, los cristianos fueron poco a poco perdiendo la pasión y la agresividad que les había caracterizado. Dejaron de velar y orar y en vez de nutrir sus almas con la meditación diaria de la palabra de Dios, se conformaron con lo que oían de los predicadores en los templos. Las prácticas religiosas, en lugar de ser una expresión espontánea que brotaba de su corazón, se transformaron en rituales mecánicos, en ceremonias frías y sin vida. Todo el paganismo imperante se fue infiltrando en las enseñanzas y en las prácticas de las iglesias. El cristianismo nominal vino a caer en los lazos de la apostasía, y lo que en un principio parecía ser la conversión del paganismo al cristianismo, en realidad resultó ser lo contrario: la conversión del cristianismo de Estado al paganismo. Estas causas apagaron la lámpara del cristianismo nominal sumiendo al mundo en la edad del oscurantismo religioso. Sin embargo, aunque la luz no brillaba, el Maligno no logró apagar el pábilo de la fe y del testimonio. En los días más sombríos del oscurantismo de la Edad Media nunca faltaron grupos de cristianos fieles, separados del cristianismo nominal y apóstata, que mantuvieron encendida la lámpara de la verdad; quizás el pábilo no hacía nada más que humear, pero humeaba en muchas partes del viejo mundo; y cuando en los siglos XV y XVI, la Biblia fue sacada de los empolvados estantes de conventos y monasterios donde por siglos había permanecido semiolvidada, la lámpara de la verdad brilló con renovadas fuerzas. Martín Lutero fue el portador de la antorcha que radió esa luz. La traducción de las Escrituras a la lengua popular, llevada a cabo en Alemania, Inglaterra y otros países, produjo el despertamiento religioso cristiano del siglo XVI llamado la Reforma protestante; despertamiento que tanto alarmó a la Roma apóstata, y contra el que lanzó todo el poderío de los Estados que le rendían obediencia y pleitesía, y la diabólica crueldad de los tribunales de la tristemente célebre “Santa Inquisición”; tribunales que funcionaron durante cinco siglos, y que al fin pasaron a la historia sin haber logrado sus designios: apagar la lámpara de la verdad, cuya luz tanto fastidiaba, y fastidia, al cristianismo apóstata.
En medio de los tiempos, el pábilo del Evangelio transitó por grandes alternativas: hubo tiempos mejores en los que su luz era como un gran fuego; y hubo épocas en las que solo producía un poco de humo. Pero, amigo mío, la gran promesa de nuestro Dios es que sea como sea, en cualquier caso, ¡la caña cascada no quebrará y el pábilo que humea no se apagará hasta que saque a victoria el juicio! Aleluya.
En estos tiempos actuales vemos también cómo las rugientes olas del materialismo de la secularización, de la destrucción de los valores avanzan por toda la faz de la tierra amenazando con sumergir y apagar el pábilo de la fe y de la verdad que arde en el corazón de los verdaderos hijos de Dios; no obstante, los que creemos en el Evangelio y confiamos en Dios, no tenemos que temer. Debemos decir como David: “No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Sal. 23:4). Las huestes que se mueven a impulsos del Maligno no podrán quebrar la caña cascada, ni apagar el pábilo que humea. El rey de las tinieblas y todos los que le sirvan de instrumento no prevalecerán y están condenados a la derrota y al infierno.
Si hemos experimentado el arrepentimiento de nuestros pecados, si hemos aceptado a Cristo como Salvador, si hemos experimentado lo que el Evangelio llama, “el nuevo nacimiento”, y si sentimos el gozo del perdón; entonces no temamos aunque la tierra sea removida; aunque se enturbien las aguas; aunque tiemblen los montes; no temamos porque si somos de Cristo la victoria es nuestra por él, no importa por las pruebas que tengamos que pasar, “somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37). Nuestro gran Capitán tiene la mano en el timón de la nave de sus propósitos, y los acontecimientos del mundo se están desarrollando tal como el Señor lo predijo.
¡La caña cascada no quebrará, el pábilo que humea no se apagará hasta que saque a victoria el juicio!
Estimado amigo, fija tu mente en estas tres palabras: “Caña, pábilo, victoria”. La caña cascada no quebrará… hasta que saque a victoria el juicio. El pábilo que humea no se apagará hasta que saque a victoria el juicio. “Victoria” es lo que espera a los discípulos de Cristo: victoria sobre el mundo, victoria sobre el pecado, victoria sobre la enfermedad, la muerte y el infierno. Finalmente Cristo triunfará, y llevará al triunfo a todos sus discípulos. Finalmente Cristo triunfará, y sus adversarios tendrán que morder el polvo de la derrota.

Mi estimado amigo, si has aceptado a Cristo como tu Salvador, te animo a que confíes en él, seguro que te espera la victoria. Si eres uno de esos indiferentes que lo mismo sirven a Dios que al diablo, te exhorto a que tomes la decisión más importante de tu vida, decídete por Cristo. Ven a Cristo y cobíjate bajo el manto de justicia del Crucificado, el único medio para alcanzar la victoria; la verdadera victoria; la victoria sobre el mal, los padecimientos y la muerte. Y si eres uno de esos que se pasan la vida combatiendo a Cristo, te advierto con amor, que estás siguiendo el camino de Herodes, Caifás, Pilato, Nerón, o de los muchos inquisidores de la historia; el camino que irremediablemente te lleva a la derrota y a la perdición; si estás siguiendo ese camino, aún es tiempo, reconsidera, únete a la única revolución victoriosa, la revolución de amor del Hijo de Dios. Recuerda que la revolución solo es posible en el alma individual… La única revolución posible es la del espíritu, y es individual… La única verdadera revolución es asumir la responsabilidad de tu vida y empezar a cambiarla. Y el único que tiene poder para cambiar tu vida es Jesucristo el poder de Dios.

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Ingeniero civil, filósofo, teólogo y pastor protestante.
Líder fundador de las Iglesias del Espíritu Santo en el Cono Sur.

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