La Fe

Estimados hermanos y amigos, yo no sé cuántos de ustedes han visto los noticiarios del mundo. Todos sentimos  como  si  la  Tierra  estuviera  tambaleándose  como una choza. Por todos lugares vemos problemas tremendos y abrumadores, en todas partes se ve la movilización de las masas disconformes. La Biblia nos habla de un pasado, de un presente y de un futuro, y nos dice que hacia los tiempos finales habrá angustia de los hombres como nunca ha habido antes en el planeta; que habrá temor, violencia, hambres, terror por todas partes, etc. En la historia del mundo jamás los seres humanos han tenido que hacer frente a dificultades tan espantosas y agobiantes como las que se nos presentan actualmente. Y nunca antes se han poseído tantas armas nucleares, tecnológicas, químicas, biológicas y espaciales, como para destruir varios planetas tierras.
Parecía que la tecnología nos era ventajosa, bien lo decía Martin Heidegger cuando hace muchos años nos escribía sobre la época técnica, y nos declaraba que la técnica era un modo de existir del hombre; una nueva forma de existir, pero no era algo que dependía del hombre. Él dijo: “La tecnología nunca se dejará vencer por el ser humano. Pues significaría que el ser humano es el titular del Ser”. En vez de reconocer nuestro lugar en el mundo, nuestra posición como un ser entre todos los seres, hemos convertido el mundo en algo que existe por y para nosotros. Nuestra arrogancia ha hecho de la Tierra un lugar descartable. Tratamos el mundo y todo lo que contiene como algo para ser consumido. Por eso agrega Heidegger: “Una clase de ser, el ser humano, cree que todo el Ser existe para él”. En su tiempo la gente no comprendía esto, pero hoy día vemos cómo la tecnología se ha convertido en un arma poderosa y de dominación entre las naciones. El país que tiene más tecnología domina sobre los que tienen poco o nada de tecnología de punta.
Así hemos visto en estos días en los noticiarios el caso de Edward Joseph Snowden, consultor tecnológico estadounidense, informante, antiguo empleado de la CIA y de la NSA. Snowden, en junio de 2013, hizo públicos, a través de los periódicos The Guardian The Washington Post el “estado de vigilancia” existente en Estados Unidos. Comentó que no puede “en conciencia, permitir al gobierno de EUA destruir la privacidad, la libertad en internet y las libertades básicas de la gente de todo el mundo con esta gigantesca máquina de vigilancia que están construyendo en secreto”. Este sistema de espionaje no solo alcanza a las personas comunes y corrientes, sino también a la mayoría de los presidentes de las naciones del mundo, incluso a los jefes de gobiernos europeos, “lo que es inaceptable” ––según la canciller alemana Angela Merkel––, porque se trata de sus mismos aliados.
Así, la tecnología también se ha vuelto algo peligroso, algo en donde la individualidad de las personas ya no está asegurada, ni tampoco la libertad personal, de manera tal, que cuando usted habla por su teléfono celular, de alguna forma, en alguna parte, todo lo que usted habla alguien puede ya haberlo grabado. Por lo tanto ––como decía Heidegger––, la tecnología se ha vuelto algo que el hombre no puede controlar, sino que ella controla al hombre.
Por otra parte, vemos que las economías del mundo están quebradas y todos los días los movimientos sociales en Europa, en Latinoamérica, en el mismo Estados Unidos, salen por miles y miles a protestar contra la injusticia, contra el hambre, contra el transporte, contra todo, porque sus necesidades no son satisfechas.
Hölderlin fue quien escribió que “allí donde crece el peligro crece también la salvación”. Él pensó que el ser humano es capaz de crear muchas cosas; sin embargo, solo se salvará si sabe resguardar lo que ha recibido, aquello que no somos capaces de hacer, sino que nos fue dado sin que sepamos cómo ni por quién: el amor, la amistad, el agua, el aire, el milagro de la vida, la prodigalidad de la naturaleza. Hölderlin según mi opinión es quizás el poeta que más enseñanzas tiene para nosotros en esta época pavorosa y terrible.
Rodeado de condiciones como estas, ¿a dónde vamos a recurrir? ¿Habrá esperanza? ¿Encontramos una salida? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién puede ayudarnos? Hace muchos años el apóstol Pablo se enfrentó con estas mismas preguntas hechas por los navegantes de una embarcación vapuleada por una gran tormenta. Él les dijo: “Habría sido por cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no zarpar de Creta tan solo para recibir este perjuicio y pérdida. Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave. Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo. Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho” (Hch. 27:21-25). Las olas enfurecidas golpeaban contra la embarcación; relampagueaba el rayo y retumbaban los truenos. No obstante, Pablo pudo decir: ¡tengo fe en Dios!
Hay tormentas en el mundo actual: tormentas de incredulidad, de materialismo, de secularismo, de degeneración moral y de problemas internacionales a los cuales en parte ya nos hemos referido. Y hay tormentas en su propia vida: tormentas de tentación, de confusión y de oposición. Al alejarnos de la Iglesia, la lectura cotidiana de la Biblia y la oración, y al no tomar en cuenta las enseñanzas de sus padres, usted se ha soltado de las amarras morales y se halla en medio de la tormenta. Usted tal vez pensaba que así lograría encontrar satisfacción, placer o gozo, mas no lo ha experimentado. Una conciencia tormentosa dice: “¡Deténgase antes de que sea demasiado tarde!”.
Nuestras dificultades o problemas internacionales son el reflejo de estas alteraciones o trastornos personales. Cada vez que encendemos la televisión, la radio o navegamos en Internet hallamos signos de muerte, de oscuridad, de mal. Salimos a la calle, a los barrios y vemos rostros tristes, gente angustiada y jóvenes deprimidos. En la empresa y la oficina advertimos gente con estrés, ansiedad y preocupación. En los hogares hay un cúmulo de problemas y agresividad. En las parejas advertimos sufrimiento, división, rencores y en las familias peleas, gritos y maltrato. En los hospitales y clínicas hay infantes moribundos, jóvenes enfermos y enfermos desahuciados. No habrá paz en la tierra hasta que las personas tengan paz en su corazón. Una estructura mundial fundada sobre la paz no puede construirse cuando se encuentran dentro del corazón humano, amargura y odio, celo y orgullo, envidia e inmoralidad. Mientras exista un individuo que odie, un individuo que tenga prejuicios, una sociedad que se desmorona día a día, estamos en riesgo de una detonación mundial que pudiera destruirnos totalmente.
El ser humano tiene cinco sentidos físicos: la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto. Posee un cuerpo con ojos, oídos, nariz, boca, manos y pies. No obstante es más que un cuerpo: es un alma viviente. Su alma es aquella porción de su ser que posee inteligencia, conciencia y memoria: la personalidad verdadera. Su cuerpo morirá, sin embargo, su alma sigue viviendo. Y esa alma posee un “sexto sentido”: la habilidad de creer, de tener fe.
La palabra de Dios enseña que la fe es la única forma por la cual podemos aproximarnos a Dios. “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6). La fe agrada a Dios más que cualquier otra cosa. “Mas sin fe, es imposible agradarle”.
El hermano Enrique Hernández y yo hemos sido amigos íntimos por muchos años. Imagínense que me acerque a él y le diga: “Enrique, tú eres un hombre extraordinario, pero no creo nada de lo que dices”. ¿Cómo se sentiría él? Así hay mucha gente que actúa frente a Dios. Usted puede estar diciendo: “Dios, yo creo que tú eres una persona muy grandiosa, pero no puedo confiar en tu Palabra; no creo lo que tú dices”. Es decir, si digo que creo en Dios debo decir que creo en su Palabra. Para poder encantar y complacer a Dios, usted tiene que creerlo. No pueden separarse la palabra de Dios y Dios mismo.
La fe es amada, respetada y honrada por Dios más que cualquier otra cosa que se le pueda ocurrir. Las Escrituras dicen que somos salvos por la fe. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hch. 16:31). “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). “En él es justificado todo aquel que cree” (Hch. 13:39). “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Ro. 4:5). Hemos de creer en Dios mediante Jesucristo.
Ninguna persona tiene sus pecados perdonados, ninguna persona entra en la dimensión celestial (el cielo), ninguna persona tiene seguridad de paz y felicidad hasta que deposita su fe en Jesucristo. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe” (Ef. 2:8). Esta fe fue reconocida por Cristo por encima de todas las cosas. El ciego Bartimeo tenía ansia y celo, pero Cristo dijo: “Tu fe te ha salvado” (Mr. 10:52). La mujer sirofenicia fue una mujer perseverante; sin embargo, Cristo honró su fe. El centurión romano fue un hombre de gran humildad, mas Cristo honró su fe.
La vida espiritual depende de la fe. Nos mantenemos asidos a la fe; vivimos por medio de la fe. El apóstol Pablo afirmaba: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20). ¿Tiene usted esa clase de fe?
Hay una definición clarísima de lo que es la fe en Hebreos 11:1: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. La fe verdadera comprende cuatro cosas: una renuncia de sí mismo, una completa confianza, una obediencia y una vida transformada.
En primer lugar, para tener una fe verdadera es necesaria una renuncia de sí mismo. Los problemas del mundo no brotan desde afuera. En su origen no son políticos, sociales ni económicos. Cristo dijo que todas las cosas malignas y perversas provienen del corazón corrompido.
Nuestra alma se halla padeciendo con una enfermedad llamada: “pecado”.
¿Qué es el pecado? El pecado es la transgresión, el quebrantamiento de las leyes de Dios; no conseguir alcanzar las normas de Dios. Usted infringe una ley de su país y es un infractor de la ley. Usted quebranta la ley moral de Dios, y esto le hace un transgresor de la ley. Toda persona que jamás haya vivido de acuerdo con esta ley es una infractora de la ley; él o ella es un pecador ante los ojos de Dios.
Previamente antes de poder presentarnos delante de Dios es necesario que pidamos perdón por estos pecados y renunciemos a ellos. Cristo murió en la cruz por nuestros pecados. La Biblia afirma que: “Al que no conoció pecado, por nosotros [Dios] lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2Co. 5:21). “Pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros” (Is. 53:6). “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1Pe. 2:24). “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos” (1Pe. 3:18).
La crucifixión y muerte de Cristo no fue por accidente. Murió según la providencia y la voluntad de Dios, para que Dios tuviera una base sobre la cual pudiera perdonar a la raza humana sus pecados y hacer de nosotros una nueva creación. Él murió en lugar de usted. Dios tomó todos sus pecados y los depositó sobre Cristo en la cruz. Dios le dice que no lo perdonará, y que no lo transformará, que él no le otorgará la paz y el gozo que busca hasta que usted elija entre sus pecados y Cristo. En el minuto en que usted esté dispuesto a renunciar a sus pecados, Dios dice que él lo perdonará.
Él puede romper la cadena de cada pecado que lo esclaviza, si usted está dispuesto a abandonar este pecado. En el instante en que usted recibe a Cristo por la fe, él entra en su corazón y le da el poder para vencer el pecado.
En segundo lugar, la fe infiere una total confianza en Cristo. Pese a que no podemos verlo, ni oírlo, ni tocarlo, podemos creer en Cristo y descansar en él.
La esencia de la fe salvadora es confianza en Cristo, dependencia, lograr descansar en él. Es creer que Jesucristo es el escogido de Dios, el Salvador del mundo, que él es asimismo la expiación por el pecado, y la fe redentora es más que eso: es confiar en que la obra de Cristo te salva. La fe consiste en acudir con las manos vacías y aceptar la plenitud de Cristo. Es ir desnudo, y tomar su justicia para que sea tu gloriosa vestidura. Es ir, tal como eres, a la fuente que él ha llenado con su sangre, para ser limpiado en ella: efectivamente, es rechazar toda confianza en uno mismo, y depositar toda la confianza en el Señor Jesucristo.
Cualquier ser humano que tenga esta fe, es salvo; no interesa de qué otra cosa carezca, es salvo; y ni las dificultades, ni los problemas, ni la muerte, ni tampoco el infierno, arruinarán jamás a un hombre que, con una confianza sencilla y honesta, depende de lo que Cristo ha hecho para la salvación del mundo entero. Si tú te aferras a Cristo para que sea tu todo en todo, entonces cuentas con la promesa de Dios que dice: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”.
En la Confesión Helvética se dice que la fe es “una muy firme confianza en Cristo”, lo cual es un pequeño error. Una muy firme confianza en Cristo es fe, y es una fe fuerte; no obstante, puede haber fe allí donde no hay “una muy firme confianza”, aun cuando puede ser una certeza muy valiosa. La fe, sin embargo, a veces puede estar entremezclada con incredulidad, mas allí donde exista una confianza en el Señor Jesucristo hay certeza de fe auténtica. Pese a que esa confianza no alcance a constituir una persuasión feliz, consoladora, deliciosa, de la propia salvación personal, sin embargo, es fe, fe redentora, y salvará al alma de quien la posea.
Todos los seres humanos pueden tener esta confianza. Si Dios hubiera dicho “pague su entrada a la gloria celestial”, los pobres habrían sido excluidos. Si Dios hubiese dicho “trabaje para ganar su entrada a la gloria celestial”, muchos de los ciegos, los sordos y los desamparados quedarían apartados a un lado. Sin embargo, él dice “cree” y cualquier persona puede creer.
En tercer lugar, la fe salvadora infiere obediencia y la obediencia implica acción. Hemos de ser fieles en nuestros ejercicios espirituales; tenemos que practicar la lectura meditada de la Biblia y orar regularmente; tenemos que ser fieles en el servicio de nuestra comunidad cristiana; tenemos que ser fieles en poner en práctica las enseñanzas de Cristo en nuestra vida diaria.
Muchas personas creen que el asistir al templo una vez cada domingo y el ser dueño de una Biblia cubierta de polvo son cosas que les harán cristianos; sin embargo, esto no es así. Un creyente es alguien en quien mora Cristo, y su vida dará evidencia de esto. En el instante que usted recibe a Cristo en su corazón por la fe, él entra en su corazón y vida y le da amor para lo bueno. Él le da el poder de vencer el mal con el bien.
En cuarto lugar, la fe infiere conversión o sea una transformación en la vida. Jesús dijo a Mateo: “Sígueme”, y Mateo tomó la decisión inmediata de seguirle. Jesús dijo al joven rico: “Sígueme”, y él se fue triste. Mateo escogió seguir a Cristo. El joven rico rechazó a Cristo y siguió en su propio camino. Cada uno de nosotros estamos frente a esta decisión.
A  muchas  personas  les  escandaliza  la  palabra  conversión, a pesar de que Cristo dice: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt. 18:3).
Muchos seres humanos creen que la conversión es una gran experiencia emocional. Y hay otros cuantos que piensan en la conversión como relacionada con un sentimiento misterioso que los envuelve, e incluso hay quienes creen en la conversión como algo que “prende” en algunas personas del mismo modo que “prende” una vacuna. Para ellos, algunos tienen la vocación o la habilidad de creer y otros no. Esta no es la cuestión en ninguna manera.
La conversión se realiza cuando una persona da la espalda a sus pecados y sigue a Cristo.
El evangelista norteamericano Billy Graham relataba un incidente que aconteció en las cataratas del Niágara. Como se sabe estas son un pequeño grupo de cascadas ubicadas en el río Niágara, en la zona oriental de América del Norte, en la frontera entre los Estados Unidos y Canadá. Situadas a unos 236 metros sobre el nivel del mar, su caída es de aproximadamente 52 metros.
Un grupo de espectadores miraba a un equilibrista que rodaba una carretilla cargada con noventa y dos kilos de tierra sobre una soga estirada a través de las cataratas. Él preguntó:
— ¿Cuántos de ustedes creen que puedo llevar a un hombre en la carretilla a través de la soga?
Un espectador gritó muy entusiasmado.
—¡Yo estoy seguro que lo puede hacer!
Él dijo:
—Muy bien, señor, lo llevo a usted primero.
De repente desapareció aquel hombre. ¿Por qué? Él dijo que creía, pero no poseía suficiente fe para colocarse él mismo en la carretilla.
Muchas son las personas que creen en la religión, creen en Dios y aun en Cristo, sin embargo, nunca han entregado su vida a Jesucristo.
Amigo, si usted nunca ha entregado su vida a Cristo por fe, su vida no tiene ancla. Las tentaciones lo confunden y las tormentas lo golpean, y no hay paz en su alma. El apóstol nos llama a no temer, sino a tener fe en Dios. ¿Tiene usted fe en Dios? Tal vez su fe sea muy pequeña y frágil. No interesa qué tan grande sea su fe, sino en quién tiene puesta su fe. ¿La tiene en Jesucristo, el Hijo de Dios, quien murió en la cruz por nuestros pecados?
Tome la mejor decisión de su vida y reciba a Cristo como su Salvador y Señor. Permítale traer paz y gozo a su alma. Permítale cambiar su vida llena de derrota, confusión y vacío, por una vida de propósito y paz. Él puede hacerlo y lo hará si usted pone su fe en él.

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Ingeniero civil, filósofo, teólogo y pastor protestante.
Líder fundador de las Iglesias del Espíritu Santo en el Cono Sur.

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